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sábado, 15 de noviembre de 2008

...con miedo a mis talones

Era una noche con miedo a mis talones
El placard se me abrió tan de repente
Que no alcancé a ver que me tragaba
Una lengua de oscuro desamparo
Me lamía tan amarga y tan despacio
Pero pude escapar casi gateando
y llegué en cuatro patas a la lumbre
a la falda, al recodo de tu amparo.

Será por que te ibas esa noche
que me envolvió el terror más espantoso
el que te empapa el cuerpo de temblores.
¡Por favor que no se vaya de repente!
¡Que no se apague, se extinga, me abandone!
Fue una plegaria interior, fue como un mantra
Y si un día hubieras de dejarme
que me dejes la lumbre de tu aura.

Atinaron mis ganas a llorarte
Apagaron mi voz unos pudores
El sollozo saló los sinsabores
Pero algo en mi resolvió que simplemente
Tu lumbre guardaría tras mis ojos
Tu aura, como capa en mis hombros
Tus raíces, tus frutillas, tu sombrero,
Tu imagen, tu figura, tu estructura.
Milhojas en mi libro de memorias.
Telones que hoy subo para verte.

lunes, 6 de octubre de 2008

Cortinas de memoria

Cortinas de memoria descorro, para verte

descubro inconfundible tu figura.

Se apoya el árbol en ti, o tu en el árbol.

Juntan copas, confunden las raíces.

Me acerco, merodeo, casi brinco.

Me cobijo en tu áurea luz de abuelo.

Un gesto de tu mano mueve el mundo.

Sobre mi pelo tus dedos y tus ojos.

Destierran de mi mente algunas sombras

Despojando mi alma de fantasmas.

Enjugando el temor de mis pestañas.

De niña nunca logré dormir la siesta, pero mi abuelo seguía religiosamente ese ritual de descanso breve. Luego se levantaba, se refrescaba la cara y tomaba agua del aljibe bajo un árbol frondoso. Allí quedaba un rato mirando el horizonte que hacía onditas de calor. Era el final de aquel largo paréntesis en que yo vagaba de cuarto en cuarto, revolvía cajas, miraba revistas viejas, y hacía cosas tan raras como descular hormigas y comer pan con limón. No tengo muy claro si odiaba o adoraba la hora de la siesta, porque la soledad a cuarenta grados tiene algo de apabullante y misterioso. Debía optar entre desplazarme por la casa como una sombra (en mi época no se hacía ruido cuando los mayores dormían la siesta) o salir a quemarme los pies en la tierra cuarteada de calor, tal vez a buscar al "sasi". Digamos que tenía mis emociones fuertes.



viernes, 21 de diciembre de 2007

Ciudad Vieja

Recorrí tu largo perímetro

Entré en el caracol de tus angostas calles

Latía tu diciembre en el asfalto

Olor a mar y mástil recortando el cielo

Pie en suelo, te apropié a cada paso

Te recordé hostil otrora, desolada

Helaba mis mejillas tu viento sur cortante

Recostada a tus vidrios te robaba

Imágenes de antigüedades y pinturas

Cuando eras solo frío agazapado

Y te sobrevivía detrás de cada piedra

Y te temía a la vuelta de cada esquina

He aprendido a caminar tus rumbos

No como hoja desprendida

Ni como mula cargada

Ni como carro, ni como tanque de guerra

Ni detrás de banderas

Ni de barricadas

Ni desde el fondo de un hueco

Ni con granadas

He aprendido a recorrerte pie en vereda

Taco que rasga tu piel, huella que marca.

(21-12-07)

Siguiendo el estilo de El Explicado, voy a contarles lo que hay detrás de este poema, simplemente porque esta vez no lo puedo evitar dado que está en proceso, es decir, todavía no me termina de gustar como suena pero me gustan las intencionalidades detrás. Pero bueno, "release often" como dice Steven Raymond, y por qué no aplicarlo a la poesía.

En el 76 vine del interior a Montevideo, tenía 8 años y la ciudad estaba sumida en la grisura de la dictadura, el abandono del exilio y la soledad del insilio. Desde Tomás Gomensoro, achatado de sol y pata en el suelo, me venía a las bellas y tristes sombras de una arquitectura llena de historia. Sobrevivimos en un hotelito de Ciudad Vieja, marranamente, al decir de Bayce, y pesó más lo que recuperábamos cada día que lo que habíamos perdido. Mi madre y yo, y algunos sobrevivientes más le dimos al guiso y la filosofía sin lástima, cual conjuro. Nietzsche en voz alta a los nueve años en semejante circunstancia vital funciona muy bien. Y cuando bajaba, las calles tenían ventanas hacia mundos inexistentes en el norte. Achataba la nariz contra en vidrio de las galerías de arte y casas de angüedades o joyerías. Me saturaba de exotismo y arte con el mismo efecto embriagador que antes tenían las sombras frescas del galpón de mis abuelos. Asi conocí algunos pintores uruguayos y su bohemia, algunos trozos de papel amarillo como para sentirme parte de alguna vejez.

La vida continuó a todo trapo. Hace dos días tuve que ir a un banco de Ciudad Viaja a cobrar un cheque. Metí el auto en cualquier vericueto, como pingo compañero. Sudé la gota gorda mirando desde el vidrio de mi batimóvil un ir y venir constante y apurado en nuestro pequeño "distrito comercial" acelerado por los últimos días del año. Se veía saludablemente vivo e insoportable de una manera bien distinta a aquellas soledades del setenta y seis. Me bajé apurada y caminé entre flashbacks y bueno ... me pasaron las décadas por delante, pero ... me sentí de alguna manera más recién nacida que antes.

sábado, 28 de julio de 2007

A la siesta

A la siesta todos duermen, menos yo que vago de un cuarto a otro. Tengo 6 o 7 años. Miro revistas viejas. Revuelvo cajones. Abro el bargueño. Todavía tiene olor a pan de Navidad y algunas piezas rotas del último pesebre. El cristalero es el tesoro de mi abuela. Faltan algunas de sus más preciadas tazas de porcelana porque un gato saltó adentro peleando con su propia imagen reflejada. En una pequeña biblioteca está la “Enciclopedia de la Aventura Humana”. Saco un tomo pesadísimo y miro las fotos y sus leyendas. Mi capítulo preferido es “Cultura de masas”. Creo que mi primera alfabetización transcurrió en aquella casa en que mi abuela me daba lecciones de religión. Cuando ella dormía la siesta yo leía la enciclopedia. Recuerdo una foto de un niño mirando a la Venus de Milo junto a su padre en un museo de Europa, otra foto de los Beatles en un poster de un dormitorio adolescente con una guitarra en el piso. Luego Marilyn asomando pícara de una piscina. A las pocas páginas una pareja de una tribu africana besándose. ¿Como se concatenaron esas imágenes con las historias bíblicas y el olor a pan de Navidad? Tengo la vaga idea de sentir que el mundo era vasto y hermoso, mucho más que Tomás Gomensoro. Y que en mi refugio tenía sentido celebrar la familia con copas de cristal y pan dulce, mientras me esperaban en un rincón las páginas satinadas y perfumadas de la cultura de masas.

lunes, 16 de abril de 2007

Otro de mis recuerdos más lejanos

La casa era grande y bonita. Tenía sillones rojos estampados y placares en cada habitación. Permanecían con las puertas entreabiertas y dejaban escapar el mundo imaginario que yo guardaba en ellos cuando jugaba sin que nadie me viera. Me daba temor y placer pensar en los placares entreabiertos y oscuros. El silencio y la música clásica alternaban. Mamá solo hablaba conmigo porque papá dormía. Me asomaba al dormitorio y en la penumbra lo veía tendido y cubierto por una colcha roja. Mamá y yo llenábamos el espacio, menos el de los placares.

Estábamos juntas en el living. Yo corría y mis piernitas apenas daban para llegar a tiempo al sillón donde me salvaba de los apretones, las cosquillas o vaya a saber qué pillería de madre. Ella se vestía con una polera blanca y un collar de cascabeles la envolvía.

Estoy sentada en su falda y ella me lee un cuento. Tenemos el sol en la habitación. Recorre nuestros libros y nuestras piernas. Mamá crea todo el mundo que me rodea, como el sol que entibia nuestro jardín en pleno invierno.

lunes, 9 de abril de 2007

obsesión: memoria


Sigo obsesionada con la memoria. Parece que gran parte de lo que he escrito es un ejercicio de reconstrucción de momentos, estados anímicos, imágenes. A los veintitantos estaba orientada al presente y un futuro 2 o 5 años posterior. Era el momento de las "metas". Por algún motivo me sirvió mucho ese esquema. Luego, la primera parte de la treintena me la pasé en un "hoy y mañana" lleno de pequeños detalles que atender: cambiar pañales, hacer la comida, ir a trabajar, disfrutar ese momento especial de mis hijos, sobrevivir el día a día. Creo que toda mamá que además lleva adelante una profesión sabe de qué hablo. A los treinta y cinco algo detuvo el compás y empecé una meticulosa búsqueda de mi pasado, como quien hojea un álbum que estuvo mucho tiempo caído detrás de la biblioteca. Hace cuatro años que recuerdo cada vez con más nitidez y tres años que escribo con regularidad. Me ha hecho bien. Hasta he podido despegar las páginas mohosas y animarme a ver qué guardaban. Pero tampoco hay que engañarse. Lo que creemos recordar no es otra cosa que construcciones que hoy hacemos de nuestro pasado. Nada más selectivo que la memoria. Lo interesante es que gran parte de ese proceso está totalmente fuera de control. Solo requiere dejar que ocurra. Si le hacemos un lugar y lo dejamos fluir podemos encontrar las perlas que nos llevaron al punto actual.

Aquí va otro de mis archivos:


Mi casa está vacía. Pero yo se que si abro el cajón de la botinera encuentro mis libros. Uno tiene un gatito blanco y negro. Parece vivo. Me gustaría tocarlo. … … Entro al baño. Es lindo y amplio. ¡Cómo jugaba yo en esa bañera! Me la llenaban de agua tibia. El cuarto de papá y mamá está ordenado. Abro los placares. Cuelgan los vestidos de paño grueso. Toco las telas frías. Hay un suave olor a humedad. … El escritorio con libros hasta el techo y las mesas con miles de objetos pequeños tienen una película de polvo que apenas se eleva cuando muevo algo. Las partículas bailan solas en el rayo de luz que entra por la ventana. Abro los brazos y giro en el medio de la habitación hasta que los libros se me vienen encima y me tiro en el suelo mientras vuelven lentamente a su lugar. Chiví entra corriendo. Es una flecha de pelos marrones que me olisquea y me lame. ¿Cómo se enteró de que estaba en el pueblo?

sábado, 31 de marzo de 2007

Mis recuerdos más lejanos 1

La casa era grande y bonita. Tenía sillones rojos estampados y placares en cada habitación. Permanecían con las puertas entreabiertas y dejaban escapar el mundo imaginario que yo guardaba en ellos cuando jugaba sin que nadie me viera. Me daba temor y placer pensar en los placares entreabiertos y oscuros. El silencio y la música clásica alternaban. Mamá solo hablaba conmigo porque papá dormía. Me asomaba al dormitorio y en la penumbra lo veía tendido y cubierto por una colcha roja. Mamá y yo llenábamos el espacio, menos el de los placares.